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Cejas

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Yo confieso, no ante Dios todopoderoso, sino ante este universo desconocido que no sé hacia dónde lleva mis palabras, si acaso éstas se mueven hacia alguna parte, que de pequeña fui cejijunta o uniceja, como se prefiera, que lo mismo es. Y ése fue uno de mis mayores complejos. Más que ser pequeñita. Más que el pelo crespo e indefinido. Las cejas. Esa línea velluda que protegía mis ojos. Recuerdo una vez, siendo ya casi preadolescente, que en Carnaval decidí disfrazarme de mujer de las cavernas. Craso error. La caracterización intensificó ese rasgo mío y convirtió mi rostro en el de una cavernícola realmente fea, o al menos, así lo recuerdo, que la memoria siempre magnifica las cosas. Seguramente no fue para tanto, pero ahí estaban, mis cejas siendo más ‘ceja’ que nunca, qué horror… pero mi madre le pagaba a la chica que nos pintaba la cara en los carnavales y yo ya estaba (des)arreglada así que a ver quién tenía el valor de quejarse tras mirarse al espejo y ver la obra culminada. Yo no, que nunca he tenido valor para esas cosas (confieso también que no sé autorreivindicarme, ni cuando me cortan el pelo y no me gusta, ni cuando me ponen el tinte -de esto no hablaré ahora- y me dejan canas visibles, ni cuando me han hecho el recogido más hortera y choni de la historia horas antes de una boda, a mí no me sale decirle a alguien que no me gusta el resultado de su trabajo en mí… así me va…).

En fin, que detesté mi ‘ceja’ siempre y en todo momento, y desarrollé un agudo sentido de la observación de las cejas ajenas. Había algunas tan bonitas…

Recuerdo también el día en que, ¡ya por fin!, mi madre consideró que era lo suficientemente mayor como para ir a “hacerme las cejas” y la maravilla que la misma mujer que me había convertido años atrás en una troglodita espantosa hizo conmigo. Fue como una secreta reconciliación no pactada. ¿Esa era yo? Si parecía que tenía la cara más limpia… Absorta con mi nueva apariencia ignoraba en aquel momento la esclavitud que acababa de abrirse paso… y así seguimos… unos cuantos años después… (esa leyenda de que hay que tener cuidado al depilárselas porque hay pelos que no vuelven a salir es completamente falsa, doy fe).

Pues bien, cuando descubrí a Frida Kahlo por primera vez, un encuentro que habría de enamorarme de la mexicana por siempre jamás, el corazón me dio un vuelco. Una mujer tan inmensa como ella lució con orgullo, convirtiéndolas en parte de su magnetismo particular, esas cejas juntas y pobladas. En todas las fotos, en todos los cuadros, las pintó, las ensalzó, las convirtió en parte de su arte, de su magia.

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El año pasado estuve en México D. F., en Coyoacán, en la puerta de su Casa Azul que, aquel día, estaba cerrada

Que lo que a priori no esté así establecido pueda llegar a ser algo bello es algo que aprendí de ella. La belleza de lo imperfecto. De lo diferente.

La admiro desde que la conozco y la he tratado de incorporar a mi vida. En octubre volveré a ir a verla a Viena. Siete años después, tengo algunas canas más, más heridas y cicatrices, más ausencias… pero con ella siempre aprendes a exorcizar los dolores y pintar de colores la vida, por muy jodida que ésta se ponga. Ya hacía tiempo que venía necesitando una terapia de las tuyas.

Pero me sigo depilando las cejas, Frida. Espero que allá donde estés me lo perdones.

Eso sí, voy aprendiendo a volar…

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El hombre que fue a la ópera en zapatillas

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No sé su nombre, de dónde es, si alguna vez ha tenido familia, a qué ha dedicado su vida… de hecho sé bastante poco, por no decir nada, del hombre que el sábado pasado fue a la Ópera de Viena en zapatillas de andar por casa. Pero me dio una enorme lección de dignidad.

Andaba de visita exprés en Viena, un fin de semana en casa del primo gracias, todo hay que decirlo, a las ofertas -con trampa- de Ryanair. Decidimos ir a la ópera, eso sí, por la puerta de atrás, la de la plebe. Unas entradas de tres euros te dan acceso sin asiento a uno de los edificios más históricos de la capital austríaca (cuentan que fue muy criticado cuando se inauguró pues su altura no superaba a la Ópera Garnier de París, y ¡cómo iba a tener Viena, cuna de la música clásica, una ópera más pequeña! tanto es así que, según mi guía turístico particular, con quien comparto sangre y de quien me fío, uno de sus arquitectos se suicidó).

Pues allí estábamos haciendo cola cuando delante de mí pasa un hombre de aspecto descuidado, barba blanca, abrigo centenario y piel rasgada, por el frío o por la vida, quién sabe, o tal vez por ambos… empujaba una maleta, y sobre ella llevaba una bolsa con ropa o mantas… con una temperatura exterior de dos grados centígrados, caminaba sobre unas zapatillas de andar por casa. En la Ópera. Deduje, enamorada yo del romanticismo y de la magia, que era una persona con pocos techos propios para pasar las noches.

A partir de ahí infinidad de historias posibles detrás de ese hombre mayor, casi anciano, que iba a la ópera un domingo por la tarde, a ver Fidelio, de Beethoven, precisamente la obra con la que se reabrió el recinto un 5 de noviembre de 1955, después de las bombas y el incendio de la Segunda Guerra Mundial.

Ávido de música y de cultura, una mano extendida en la calle que no pide ayuda para comer, sino para alimentar el alma. Algún antiguo gran músico o cantante venido a menos, tan a menos y tan abajo que su último consuelo se limita a eso, a la posibilidad de volver al teatro por tres euros y en zapatillas…

Sentí tanta curiosidad, ternura y admiración… Y al mismo tiempo, una cierta amargura, convencida de que este señor de pasado imaginario sería sin duda un ocupante de alguna de las butacas privilegiadas mucho más digno que cualquier otro u otra de los que lucían pajarita o vestidos con brillos y pagaban por una botella de agua esos mismos tres euros que nuestro amigo seguramente había conseguido céntimo a céntimo para poder trasladarse durante un par de horas a otros mundos al compás de los violines de Beethoven.

(Salí por la puerta principal, él, estoy segura, también)