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amica, male e vita

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Ella dijo:

– Es que os habéis hecho mayores de golpe.

Y tenía razón.

Lo que tal vez no sabía es que los zarpazos de la vida, por muy dolorosos y profundos que puedan llegar a ser, vienen acompañados con suerte de ungüentos que nos ayudan a seguir aun con las heridas abiertas y urentes. Y ella era el mío.

Mi amiga del alma que lo llena todo de luz.

Mi regalo.

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30 + 1

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El tiempo. Supongo que en algún momento necesitamos inventarlo para poder poner un poco de orden en esto a lo que llamamos vida. Orden, control,  tiempo. Aceptamos al sol como punto de referencia y con él llegaron las horas, los días, los meses… y nos fuimos haciendo oficialmente viejos. El tiempo, entre otras cosas, nos permite ubicar nuestros recuerdos -aunque éstos a veces bailen- y llevar la cuenta de aquellos momentos que han sido significativos, mantener la ilusión de que lo que un día fue, aunque el ser, al fin y al cabo, no sea más que un permanente dejar de ser.

Contamos, cada uno nuestras cosas, de nuestra particular manera. Yo conté ayer las 31 primaveras, veranos, otoños e inviernos que han pasado desde que abrí los ojos en este mundo. 31 años. 30 + 1. Si el tiempo no fuera lo que es, si después del nueve vinieran otros dos números, por ejemplo, yo no habría entrado todavía en una década nueva y tal vez no sentiría el vértigo que se siente, o esa especie de imperativo interno que la obliga a una a hacer balance y ajustar cuentas de lo que ha dado de sí lo vivido en este planeta. Pero las cosas son las que son, porque somos también el tiempo en nosotros, e inevitablemente me paro y miro atrás –o a los recuerdos de ese atrás- y pienso. 30 + 1. Ésta soy yo, hoy, aquí, así.

Cuando era pequeña esperaba con ilusión la llegada de este día. Los recuerdo soleados, largos, de ventanas abiertas. Me gustaba vestirme de colores, llenar el salón de casa de compis de clase, los chicos, las chicas, las patatas y los sándwiches de nocilla, soplar velas, quitarme el merengue de la cara y manchar la nariz de otros, bajarnos a la calle, comprarnos un helado y jugar, jugar, jugar. Mi cumpleaños era una especie de antesala del verano, se acababan las clases por la tarde, empezábamos la natación, el fin de exámenes, las buenas notas… el broche a un año que, como todos los de mi infancia, había sido pleno y casi perfecto. Así los recuerdo. Supongo que idealizados también por ese tamiz de la memoria.

La parafernalia y los convencionalismos de los cumpleaños me han gustado siempre. Los he esperado con alegría, incluso el temor de cumplir los 30, ¡esa barrera de la que tanto se habla!, se desvaneció con los 30, no fue para tanto. En mi cumple, aparco ese sentimiento fatalista que tengo ante la vida, la conciencia de la muerte y la nada, y me limito a disfrutar del día, simplemente por el mero hecho de hacerlo, porque sí, porque es mi cumpleaños, el momento de celebrar mi vida. Del canto, las palmas, el deseo y la tarta de almendras.

Como nos vamos enredando con los días y nuestras realidades se hacen complejas, sin mucho tiempo para reflexionar, para el silencio, para buscar significados, no nos damos cuenta de cómo nos hemos ido convirtiendo en nosotros. Yo soy la suma de mis días hasta hoy y de todo lo que ha pasado por ellos. Y sí, es una suma de 31 años con resultado feliz.

Sin embargo, ayer amanecí un poco cabreada conmigo misma porque desperté sabiéndome y sintiéndome triste. Y me costó mucho entenderlo y aceptarlo. Fue una lucha interna, que si ¿ves?, en el fondo es un día más, como otro cualquiera, frente al ni pensarlo, es 5 de junio, qué haces así, de dónde, por qué estas ganas de llorar. ¿Será que acaso la ceremonia ha dejado de tener interés para mí? ¿Será toda la tristeza que hemos ido acumulando estos últimos meses? ¿Y por qué esa necesidad de buscarle explicaciones a todo?

Una cerveza, una copa de vino y buena compañía y conversación mitigaron el sentimiento, lo adormecieron. Al tiempo, y es lo que tienen estos días, especialmente los cumpleaños 2.0, en los que son las redes sociales son las que se encargan de recordar puntualmente quién de tus agregados celebra, fui recibiendo muchas, muchísimas palabras de afecto, de personas del ayer y el antesdeayer, del hoy, del hace un rato, desde aquí, desde Estados Unidos, México, Colombia, Israel, Ruanda, Congo, India, Italia, Bélgica, Inglaterra… Desde tantos sitios, tanta gente que en algún momento de estas tres décadas ha compartido algo conmigo se acordó de mí y me regaló palabras y cariño. Eso me fue llenando el espacio que dentro de mí había amanecido con una sensación de vacío y tristeza. Eso, que a priori podría parecer tan superficial, tan de “bienqueda”, dibuja ante tus ojos la dimensión de lo que está siendo tu vida, porque en realidad no es tan superficial, somos tan libres de felicitar, de desearle felicidad a alguien, como de no hacerlo. Y yo prefiero quedarme con quien hace el esfuerzo, por pequeño o irrelevante que pueda parecer, de dedicarle algún minuto a esa persona, de enviar el mensaje, de escribirlo, de hacer la llamada. A mí eso me hace feliz. Me devuelve a los buenos momentos vividos en el colegio, en Morata, en familia, en el instituto, en la parroquia, en la universidad, en Italia, en el trabajo, en París, en Ruanda, en Israel, en tantos lugares en los que he tenido la suerte y el privilegio de estar estos 31 años. Me siento afortunada de que, además de buenos recuerdos, algunas fotografías, me queden tantas personas que, aunque sea un día al año, se asoman y me desean felicidad.

Vuelves la vista atrás, un poquito, y te sientes satisfecha porque cada año se va incorporando gente nueva, aunque algunos se pierdan en el camino, otros se hayan marchado y sepas que hay gente importante que ya no va a volver nunca más. Haces balance y en el saldo de dolores y alegrías acaba ganando esta última, a pesar de algunas tristezas que quedan, porque entiendes que el sentido, incluso de la pérdida y el dolor, es la celebración de la vida, del aquí y el ahora con los que están, y en algunos momentos, con los que un día estuvieron, aunque sólo sea durante el día de tu cumpleaños.

Bienvenidos seáis, 31, y con vosotros, las nuevas personas que se van a ir incorporando a mi vida durante estos 365 días que tengo por delante. Brindo feliz por los que son y por los que serán.

Y al final, la vida

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Dice un proverbio no sé si árabe, sufí, indio (y no voy a preguntarle a san Google ahora) eso de “no hables si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio” y añado, o si no es más hermoso de lo que ya han dicho otros. Esta mañana, una amiga de una hondura de corazón para caerse en ella, la pequeña nubecilla colombiana que sigue coloreando Barcelona, ha escrito la historia más hermosa que leeré hoy, la de Adolek Kohn y el milagro de la resiliencia. Es un regalo maravilloso, y me ha pillado por sorpresa, con la puerta del alma abierta, así que se me ha colado dentro y ha transmutado en forma de gotitas saladas, ricas, porque había mucha vida en ellas.

No hablo más, porque nada es más hermoso hoy como la historia que nos ha contado ella. Leedla, y si es con el corazón atento, mucho mejor.

insensata

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Pues sí, soy una insensata, ya me lo han dicho alguna vez, pero es que la vida perdería un pequeño toque de magia si no estamos dispuestos a mirar a los ojos de los desconocidos, sonreír mientras andamos y permanecer abiertos ante lo que pueda aportarnos cada encuentro, por pequeño que sea.

Tal vez forme parte de esa insensatez, o ingenuidad pueril, pensar que quien se acerca a mí sin conocerme no lo hace con malas intenciones. Igual, a un nivel energético voy por la calle diciendo sin palabras (también depende del día y del ánimo, eso es cierto) ‘ey, estoy aquí, me encantaría conocerte’…. y a veces… pasa. El cruce se transforma en encuentro.

He tenido encuentros absolutamente bellos, llenos de magia, como cuando después de haberme quedado completamente encandilada con un cuentacuentos que desprendía poesía por todas las partes de su cuerpo, me lo crucé al día siguiente caminando por la Glorieta y bastó una sonrisa para terminar tomando un café con una rosa encima de la mesa… y hablar de la belleza y de la vida…. es lindo encontrarse por casualidad con otros soñadores… incluso en una ciudad como la mía… también los hay.

Hoy he tenido otro encuentro, menos mágico, pero igualmente agradable. Un tal Nelson me para y me pregunta por una panadería, pero termina contándome que está preparando un espectáculo mitad danza, mitad teatro, mitad música, mitad poesía, un género que él ha llamado “pasongo” (o algo así) y que está buscando gente para participar, si yo bailaba, o actuaba, o hacía algo… ¿yo? poca cosa la verdad. hago yoga pero eso no sé si servirá de mucho ;D. Este Nelso es un cubano negro como el azabache, a simple vista, no parece un mal tipo, tal vez un poco solo, si ha llegado hace poco a la ciudad y trata de hacerse un hueco en ella. Como soy una insensata (con cabeza, que se puede ser insensata pero eso no es lo mismo que ser tonta) he acabado dándole mi teléfono y avisándole de que la piscina no tiene agua, así que mejor evite tirarse porque no es que se pueda ahogar, sino que va a morir en el acto instantáneamente. Le ha hecho gracia, así que él mismo ha reconocido que en ese caso mejor evitar toda esa retahíla del me gustas mucho, tienes novio, bla, bla, bla…

Intuyo que me llamará. No sé si llegaré a descubrir qué es eso del “pasongo”, pero tampoco me importa mucho. El encuentro le ha dado otro color a la mañana, a la suya y a la mía.

Como canta Drexler…. ‘y que sea lo que sea…..’

PD: las cosas pasan en la calle