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Ruanda

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Dentro de un mes y medio voy a viajar a este país. Lo que siento por dentro es tan inmenso que ninguna unión de palabras sería capaz de expresarlo con la mínima lealtad exigible. Todavía no he llegado pero ya hay una parte de mí que se acerca a Ruanda, y me atraviesa. Me rebasa al tiempo que me asusta. Pero quiero estar allí, quiero respirar su aire, mirar a los ojos de su gente, sentirlos, reír, tal vez llorar… Y llenarme de la fuerza con la que, estoy segura, debe de brotar allí la vida después de un pasado reciente tan lleno de odio, de muerte y de fantasmas.

Ya tengo parte del alma en Ruanda y quiero que una de sus miles de historias sea parte también de este almario. La cuenta la costamarfileña Véronique Tadjo, en un pequeño libro escrito después de un viaje a este pequeñito rincón del África negra, “La sombra de Imana”. Leedla despacio, sentid.

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Jaffa, la bella, la milenaria, la triste…

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Tengo miedo de dormirme y perderme algo de esta ciudad, de este país, de la experiencia de estar aquí. Escribo desde el Old Jaffa Hostel, una pequeña joya en la parte antigua de este lugar milenario que hoy no es más que un espejismo en ruinas de su pasado vibrante. Jaffa. El taxista ha puesto cara extraña cuando le he dicho que nos alojábamos aquí. Ni siquiera conocía la calle. Y nos ha mirado con cierto recelo. ¿Periodistas? ‘Estas occidentales que vienen a Tel Aviv y van a parar a la antigua y árabe Jaffa’…, la antigua Jaffa (“la bella”) ese anexo pobre de Tel Aviv, de casas señoriales convertidas en ruinas y ventanas ojivales de estilo veneciano que miran a ningún lugar, muros de los que sólo quedan ventanas ciegas desde las que asomarse al vacío. Un pasado que se va borrando.

Escribo desde el balcón del hostal. Rodeada de una enredadera de flores cerradas, que duermen si poder impedir que de ellas escape un ligero aroma dulzón, parecido al jazmín. En frente de mí, el minarete de la mezquita con sus luces verdes de neón, ahora silencioso… ya nos ha dado la bienvenida con la caída del sol… me encanta escucharlo… Me recuerda tanto a mi primera y hasta la fecha única visita a Oriente Medio, hace cinco años, Siria…

Escribo en frente de la escultura de un león, plantado en un tejado, da la sensación de estar en lugar que no le pertenece. Solitario. Tremendamente solitario. Y escribo delante de una azotea con luces de colores y  fiesta, desde donde me llega una música que podría estar sonando en cualquier terraza de mi ciudad. Pero esta terraza está aquí, en Israel. Al otro lado del Mediterráneo.

Esta tarde he visto por primera vez la otra cara del Mediterráneo. Nuestro mar compartido. La que duele porque su agua, su luz tan característica, su olor son incapaces de traer la paz a este rincón del mundo. Y he cenado en un chiringuito de la playa de Jaffa, a la orilla del mar, sintiendo una brisa familiar, observando cómo árabes y judíos paseaban, junto a sus hijos, a sus perros, a sus amigos… Igual que en cualquier otro pedazo del Mediterráneo y al mismo tiempo tan distinto… Con sus rascacielos al fondo, el moderno Tel Aviv, recuerda por momentos lo que un día empezó a ser Benidorm, cuando decidieron ir tapiando el mar con filas de torres de hormigón. Sí, de algún modo, es como estar cerca de casa, y sin embargo, la diferencia se percibe y se instala en una de manera implacable.

Me encantaría preguntarle a todos, a la camarera, una chica simpática de cabello rasurado que nos explica en inglés los platos de la carta; al taxista, un hombre amable con su aspecto tan inconfundiblemente judío que parece salido del mejor Nueva York de Woody Allen; me gustaría preguntarle a la recepcionista del hotel, joven, muy joven, a la que no he podido sacar una sola sonrisa; me gustaría preguntarle a todos y a todas las personas con las que me cruzo qué sienten, cómo viven, qué idea tienen del conflicto, si viven con miedo, si conocen, si tienen amigos en “el otro lado”… pero acabo de llegar. Y siento que para hacer ese tipo de preguntas hay que ganarse primero la confianza del interlocutor, que tengo que ser algo más prudente. Siento en mi propia piel ese muro de silencio del que me hablaron los soldados de Breaking the Silence. Es un muro invisible y palpable. Siento que el conflicto está ahí pero no se habla de él, aunque todos, todos, llevan algo escrito detrás de los ojos.

Las campanas del reloj de la plaza dan las 12, un sonido hueco, mucho menos envolvente que la llama a la oración desde el minarete. Me doy cuenta de que en esta antigua ciudad ahora convertida en barrio casi marginal de las afueras de Tel Aviv, donde dicen llegó San Pedro y resucitó a Tabita, nombre que ahora mantiene una escuela para niñas, me cuesta distinguir a los que creen en un Dios y a los que creen en otro, especialmente a algunos hombres. Los miras pensando ‘¿serán musulmanes, judíos?’ y en parte te sientes estúpida y mezquina por estar tratando de hacer esa distinción. De colocarlos en un cajón u otro. ¿No se trataba de lo contrario?

Mañana hablaré de Paromita, mi compañera de habitación, y del resto de compañeros que vaya conociendo. Ahora sólo pienso en que debo descansar y recuperar algo del sueño perdido hoy porque me esperan días intensos. Me voy a la cama con esa sensación extraña que me produce estar en un balcón debajo de una bandera de Israel. Con la sensación extraña de haber compartido charla en italiano en una terraza que me ha hecho sentirme en Damasco siendo consciente de que en realidad, no estoy tan lejos de la capital siria pero que, al mismo tiempo, la distancia mental que separa a este país de sus vecinos es insalvable.

Me duele. Y me fascina.

Shalom.