Archivo de la categoría: paz

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John Pilger, los medios y las cosas del poder

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Varios hallazgos del día serendípicamente relacionados entre sí. Empiezo por lo último. La claridad con la que John Pilger (que quién es John Pilger, este reportero de dentadura Profidén y años no, décadas de experiencia) describe, en el prólogo de un libro que tenía pendiente, el modus operandi de los grandes medios, lo que también podríamos llamar los obstáculos estructurales e ideológicos que se imponen cuando lo que pretendemos es avanzar hacia coberturas más responsables y acordes con el paradigma del periodismo de paz. Pilger aprovecha para darle también algún tirón de orejas al media-system de Mr. Peace Nobel (segundo párrafo, yes, I like it).

Lo segundo. La viñeta de Aleix Saló en el último número de Capçalera, la revista del Colegio de Periodistas de Cataluña, que me esperaba en el buzón este mediodía.

Los dos vienen a hablar de lo mismo.

John Pilger:

War and mayhem happen; peace is utopian. Many journalists believe such an assumption immutable. I did. But the more I investigated causes, the clearer it became that so-called mainstream journalism was committed almost exclusively to the interests of power, not people. (…) Turn the pages of any major newspaper watch or listen to the evening broadcast news, and be assured that news and opinion come from the top, however circuitous, almost never from the bottom. 

 

Today, liberal war journalism promotes the myth of Barack Obama, whose siren call of “change” ensures the status quo and muffles the opponents of war. “From Europe to the Pacific”, said Obama in May 2009, “we’ve been the nation that has shut down torture chambers and replaced tyranny with the rule of law.” As William Blum has documented, since 1945, the United States has overthrown fifty governments, including democracies, and crushed some 30 liberation movements, and set up torture chambers from Egypt to Guatemala. War journalism reports what power says it does; peace journalism reports what it does.

Aleix Saló:


5 de septiembre

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Me había levantado especialmente contenta esta mañana. Sin motivo aparente. Y a pesar de la sesión de trabajo que tenía por delante. Ahora pienso, o me gusta pensar, que era felicidad del alma que se anticipaba sin que yo lo supiera todavía a la buena noticia que estaba por llegar unas horas después.

Parece que se abre una nueva puerta a la paz. Espero que ésta sea la definitiva.

En el gallinero, la bilis habitual, pero también grandes deseos y mucha esperanza.

La paz, en las bases

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El próximo 2 de septiembre se inicia una nueva ronda de negociaciones de paz entre palestinos e israelíes. Al menos eso dicen los medios. No estoy del todo de acuerdo, no me gusta que la ‘paz’ se deje siempre, al menos en los discursos mediáticos, en las manos de los de arriba, los que llevan corbata y seguramente comen en buenos restaurantes. Sería más fiel a la realidad que en lugar de generalizar hablaran de conversaciones entre los gobiernos de uno y otro lado, entre Netanyahu y Abu Mazen, bajo los auspicios de Estados Unidos. Seguramente veremos otra vez la foto del ‘proceso de paz’, el apretón de manos ante la sonrisa inmaculada de Obama. Forma parte de la parafernalia de cómo se construye la paz desde la llamada “vía uno” [track one]. No creo mucho en ella, desgraciadamente.

Pero sí creo en la paz que se construye desde las bases, en los intentos que nacen en la sociedad civil cuando ésta se da cuenta que no puede vivir de espaldas al otro y empieza un proceso de reconocimiento, de deconstrucción de la imagen del enemigo y, en última instancia, de reconciliación. Sigo sintiendo muy adentro los diez días que pasé en Israel y Palestina el pasado mes de junio. La dificultad de confrontar esa visión que incluso podría considerarse algo ingenua sobre cómo hacer las paces con la complejidad del terreno. Sigo teniendo presentes muchas conversaciones. Incluso cuando por momentos pensé que tal vez aquellos, y de algunos me fío mucho para otras cosas, que dicen que este conflicto no tiene solución, podían tener algo de razón.

Pero creo en la gente que es capaz de reconocer la humanidad en el otro, sea éste quien sea o venga de donde venga, porque para mí esa es una de las primeras condiciones para una paz duradera. La humanidad a partir de la cual se crean vínculos y afectos de los difíciles de romper, incluso con armas de por medio. En Israel, en Palestina hace falta gente así, y los hay. Son muchas y muchos. Existen aunque no salgan en los medios. La paz pasa por ellos también.

Por eso, en días como hoy, en los que una parece convertida en una autómata que trabaja sin saber muy bien para qué, se agradece tanto que de repente aparezca un vídeo como éste, que te hace recordar en lo que crees, lo que deseas, el camino hacia donde quieres ir. Por eso lo comparto. Con admiración y esperanza.

Hibakusha: sobrevivir al horror, elegir la paz

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Hace 65 años el Enola Gray dejaba caer la bomba atómica, Little Boy, sobre Hiroshima. Eran las 8:15 de la mañana cuando una bola de fuego de más de 250 metros de diámetro aumentaba la temperatura más de un millón de grados acabando de manera fulminante con la vida de entre 70.000 y 80.000 (se dice pronto y, tal vez, demasiado a la ligera, que el balance de víctimas inmediatas oscila en unas diez mil, lo perverso de la estadística). Tres días después, Fat Man, la segunda bomba atómica, caía sobre Nagasaki frustrando la huida de muchos de los que habían logrado sobrevivir al primer ataque nuclear. En total, se calcula que murieron unas 140.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki. Los números son sólo una parte de la respuesta a la pregunta que se hacía Robert Lewis, el copiloto de la nave: “¿Dios mío, qué hemos hecho?”

Tsutomu Yamaguchi sobrevivió a los dos bombardeos convirtiéndose en el único doble hibakusha oficialmente reconocido por el gobierno japonés. Murió el pasado 4 de enero y dedicó gran parte de su vida a luchar por el desarme nuclear contando su experiencia como una “lección de paz”.  En agosto de 2006 viajó por primera vez a los Estados Unidos y, en la Zona Cero, donde un cartel insta al visitante a recordar el 11S, dijo: “’Recordar’ es una palabra poderosa, pero ‘recordar’ se vuelve aterrador si se usa en conexión con algo que vio arrebatarles la vida a mucha gente”.

Hoy merece la pena recordar el Hibakusha Project, una iniciativa admirable en la que se embarcó en 2006 el diario japonés Mainichi Shimbun con la intención de rescatar del olvido la memoria de los hibakushas. Sus historias se pueden leer en castellano gracias a las traducciones de Julián Ortega Martínez para la revista digital colombiana equinoXio. En la versión en inglés de la edición digital del periódico, The Manichi Daily News, se puede acceder también a un valioso archivo que recoge todo lo publicado sobre los hibakusha desde agosto de 2008 hasta hoy. Su particular ‘lección de paz’.

La historia de Tsutomu Yamaguchi la escribió Jun’ichiro Nagasawa y se publicó el 18 de octubre de 2006. Os invito a leerla y a navegar en los testimonios de otros hibakushas como Sakue Shimohira, Kimi Kishi, Senji YamaguchiMasahito Hirose o Sugaku Akizuki. Conocerlos es nuestra pequeña manera de honrarlos.

Jaffa, la bella, la milenaria, la triste…

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Tengo miedo de dormirme y perderme algo de esta ciudad, de este país, de la experiencia de estar aquí. Escribo desde el Old Jaffa Hostel, una pequeña joya en la parte antigua de este lugar milenario que hoy no es más que un espejismo en ruinas de su pasado vibrante. Jaffa. El taxista ha puesto cara extraña cuando le he dicho que nos alojábamos aquí. Ni siquiera conocía la calle. Y nos ha mirado con cierto recelo. ¿Periodistas? ‘Estas occidentales que vienen a Tel Aviv y van a parar a la antigua y árabe Jaffa’…, la antigua Jaffa (“la bella”) ese anexo pobre de Tel Aviv, de casas señoriales convertidas en ruinas y ventanas ojivales de estilo veneciano que miran a ningún lugar, muros de los que sólo quedan ventanas ciegas desde las que asomarse al vacío. Un pasado que se va borrando.

Escribo desde el balcón del hostal. Rodeada de una enredadera de flores cerradas, que duermen si poder impedir que de ellas escape un ligero aroma dulzón, parecido al jazmín. En frente de mí, el minarete de la mezquita con sus luces verdes de neón, ahora silencioso… ya nos ha dado la bienvenida con la caída del sol… me encanta escucharlo… Me recuerda tanto a mi primera y hasta la fecha única visita a Oriente Medio, hace cinco años, Siria…

Escribo en frente de la escultura de un león, plantado en un tejado, da la sensación de estar en lugar que no le pertenece. Solitario. Tremendamente solitario. Y escribo delante de una azotea con luces de colores y  fiesta, desde donde me llega una música que podría estar sonando en cualquier terraza de mi ciudad. Pero esta terraza está aquí, en Israel. Al otro lado del Mediterráneo.

Esta tarde he visto por primera vez la otra cara del Mediterráneo. Nuestro mar compartido. La que duele porque su agua, su luz tan característica, su olor son incapaces de traer la paz a este rincón del mundo. Y he cenado en un chiringuito de la playa de Jaffa, a la orilla del mar, sintiendo una brisa familiar, observando cómo árabes y judíos paseaban, junto a sus hijos, a sus perros, a sus amigos… Igual que en cualquier otro pedazo del Mediterráneo y al mismo tiempo tan distinto… Con sus rascacielos al fondo, el moderno Tel Aviv, recuerda por momentos lo que un día empezó a ser Benidorm, cuando decidieron ir tapiando el mar con filas de torres de hormigón. Sí, de algún modo, es como estar cerca de casa, y sin embargo, la diferencia se percibe y se instala en una de manera implacable.

Me encantaría preguntarle a todos, a la camarera, una chica simpática de cabello rasurado que nos explica en inglés los platos de la carta; al taxista, un hombre amable con su aspecto tan inconfundiblemente judío que parece salido del mejor Nueva York de Woody Allen; me gustaría preguntarle a la recepcionista del hotel, joven, muy joven, a la que no he podido sacar una sola sonrisa; me gustaría preguntarle a todos y a todas las personas con las que me cruzo qué sienten, cómo viven, qué idea tienen del conflicto, si viven con miedo, si conocen, si tienen amigos en “el otro lado”… pero acabo de llegar. Y siento que para hacer ese tipo de preguntas hay que ganarse primero la confianza del interlocutor, que tengo que ser algo más prudente. Siento en mi propia piel ese muro de silencio del que me hablaron los soldados de Breaking the Silence. Es un muro invisible y palpable. Siento que el conflicto está ahí pero no se habla de él, aunque todos, todos, llevan algo escrito detrás de los ojos.

Las campanas del reloj de la plaza dan las 12, un sonido hueco, mucho menos envolvente que la llama a la oración desde el minarete. Me doy cuenta de que en esta antigua ciudad ahora convertida en barrio casi marginal de las afueras de Tel Aviv, donde dicen llegó San Pedro y resucitó a Tabita, nombre que ahora mantiene una escuela para niñas, me cuesta distinguir a los que creen en un Dios y a los que creen en otro, especialmente a algunos hombres. Los miras pensando ‘¿serán musulmanes, judíos?’ y en parte te sientes estúpida y mezquina por estar tratando de hacer esa distinción. De colocarlos en un cajón u otro. ¿No se trataba de lo contrario?

Mañana hablaré de Paromita, mi compañera de habitación, y del resto de compañeros que vaya conociendo. Ahora sólo pienso en que debo descansar y recuperar algo del sueño perdido hoy porque me esperan días intensos. Me voy a la cama con esa sensación extraña que me produce estar en un balcón debajo de una bandera de Israel. Con la sensación extraña de haber compartido charla en italiano en una terraza que me ha hecho sentirme en Damasco siendo consciente de que en realidad, no estoy tan lejos de la capital siria pero que, al mismo tiempo, la distancia mental que separa a este país de sus vecinos es insalvable.

Me duele. Y me fascina.

Shalom.

enfrascada

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Así estoy… enfrascada y tan agustito en una historia que cuanto más me adentro en ella más me sorprende, más me gusta y más me apasiona… lo que se esconde detrás de los (supuestos) piratas somalíes (otra cosa es quién llama pirata a quién), el conflicto de los secuestros como punta del iceberg de una situación de conflicto mucho más profunda y estructural que, naturalmente, pocos medios nos cuentan, y la cobertura de todo esto por la prensa occidental… el periodismo de paz ausente

… mi barco va a navegar por buenas aguas, ya encontré una brújula en castellón y un buen almirante más arriba, tengo también los apoyos aquí abajo y la posibilidad de moverme entre los mares de Alicante y Barcelona, así que… se avecina un viaje intenso.

Entre tanto, le debo al blog, me debo a mí misma, una entrada sobre la salida, sobre el año que se fue y lo que fue. Y otra entrada del recién llegado y lo que se espera.

Pero por ahora toca terminar pendientes de papel

feliz 2010!