Archivo de la categoría: encuentros

amica, male e vita

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Ella dijo:

– Es que os habéis hecho mayores de golpe.

Y tenía razón.

Lo que tal vez no sabía es que los zarpazos de la vida, por muy dolorosos y profundos que puedan llegar a ser, vienen acompañados con suerte de ungüentos que nos ayudan a seguir aun con las heridas abiertas y urentes. Y ella era el mío.

Mi amiga del alma que lo llena todo de luz.

Mi regalo.

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El curry de los hombres buenos

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Hace un par de días nos dieron una buena noticia, tan buena que es de esas que no parecen de verdad, especialmente cuando llega después de un tiempo de nubes e invierno casi permanente. Cayó como caen los primeros rayos de sol, los que se dejan ver en el aire, en su empeño por dar un poquito de luz y llegar hasta el suelo. Así es que, contentos con la sorpresa de lo bueno e inesperado, Álex y yo decidimos ir a celebrarlo a una terracita en la que nos dieran algo de comer. ¿La de Praga -una conocida cafetería ilicitana- junto al Vinalopó? De acuerdo.

Y hacia allí nos dirigíamos cuando al cruzar la Plaza de Baix, en la esquina con la calle Mare de Deu del Carme, nos atrapa un aroma de curry. A los dos. Ipso facto. Petrificados. ¡Qué olor a curry! ¿Aquí? ¿De dónde vendrá? Descubrimos entonces una pizarra, muy discreta, que anunciaba un plato de pollo (chicken, que ahora empieza a ser ya tiempo de turistas) al curry con arroz por un módico precio. No hace falta decir que descartamos inmediatamente la opción del sandwich y sucumbimos, seducidos por nuestros sentidos… animalicos somos.

Resulta que en un pequeño local, hasta hace bien poquito una heladería -de hecho todavía quedan en las paredes carteles del anterior negocio- ha montado una especie de Kebab un hombre con cara de buena de persona que después me contaría que es indio. Es de estos sitios humildes, básicos, tanto que ni siquiera ha quitado el cartel antiguo y el nombre de su apuesta, ahora, es una mezcla un tanto exótica “Capritx. The pizza shop”. En las paredes, escrito a mano con rotulador rojo sobre salvaplatos de papel, se esparce la carta.

Probamos unas pakoras y unas samosas de verdura. Exquisitas, especialmente las pakoras. Y, por supuesto, el chicken. ¡Delicioso! Comentábamos Álex y yo que es una pena que solo tenga dos mesas en la calle, que cabe muy poquita gente y el tipo, además de ser encantador, sirve una comida excelente. Ojalá le vaya bien, nos dijimos. Parece un hombre bueno. Ésa es mi teoría particular no rigurosa pero que por el momento no me ha fallado sobre las personas a las que le brillan los ojos. Brillo del auténtico.

Disfrutamos de la cena, mucho, y luego hablamos un poquito con él. Nos contó que era indio, del Punjab. ¿Conoces Punjab? Al norte de la India, junto a Pakistán. No, lo más lejos que he llegado por ahora hacia allá ha sido Siria, pero espero ir pronto a la India. Punjab es una zona muy famosa porque hay muchos sijs [al sijismo lo llaman la religión de los gurús], los del turbante en la cabeza. ¿Y llevas mucho tiempo aquí? No, poquito, acabamos de abrir, vamos a ver…

No sé mucho más pero volveré para que me cuente su historia. Dice Álex que nos gusta mirar el alma de la gente.

Angustias

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Angustias tiene las uñas y el rostro de una mujer que se ha pasado la vida sobreviviendo. Tiene, tal vez, también el nombre. Los ojos hundidos, unas cuencas huesudas y pronunciadas, la mirada triste y sombría, el pelo crespo y descolorido, áspero, como la piel de sus manos, una piel cuarteada y deshidratada. Qué lujo las cremas, a estas alturas… De repente, el fondo de sus pupilas se clava en las mías, y con un fuerza tímida pero penetrante parece preguntarme: ¿por qué a mí?

Es una duda intensa, de ésas que le sobrevienen a uno cuando la mente baja la guardia, en el silencio de la noche, justo antes de dormir, o mientras pelas las patatas para el guiso, o embadurnas tu cuerpo de gel. Son las preguntas que toda vida esconde, las que nacen de un sueño que no fue.

Angustias me lo pregunta silenciosamente. Y yo pienso para mis adentros que no es justo, mujer. Y te imagino en un tiempo en el que eras joven, aquellos años en los que todavía acariciabas un pelo suave, lucías una mirada brillante, y soñabas, qué se yo, con viajar y conocer mundo, con un trabajo que te hiciera levantarte ilusionada, que te hiciera crecer, tal vez con ser música, y fantaseabas con las personas vibrantes que conocerías, con una vida feliz…

¿Por qué yo? ¿Qué perverso juego de malabares determinó que me sería negado el privilegio? ¿Cómo podía imaginar, cuando todavía tenía sueños, que mi vida sería simplemente una sombra, un accesorio más en la vida de otros? ¿Por qué nunca pude vivir para mí? ¿Por qué la vida me ha pasado por encima, por qué solo he podido deslizarme sobre ella, sobrevivirla? Sí, tal vez en algún momento hubo un chispazo que me hizo entender de qué iba esto de estar aquí, tal vez pude intuir cómo se siente en el estómago eso a lo que llaman pasión, qué impulsa a ese músculo en el centro del pecho a bombear la sangre con más fuerza… Pero el resto del tiempo todo ha sido gris, deforme, polvoriento, como los años de servicio en aquella casa; monótono y repetitivo hasta la desesperación, como las horas interminables detrás de aquella cadena de montaje; tremendamente solitario y vacío. ¿En qué momento se me torció el destino? ¿O es que ya nací para la nada?

Álvaro

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Una vez me dijo, hace ya unos cuantos años, que algún día debería escribir su vida y yo le dije que sí, que no se me ocurría un honor más grande, y la propuesta pasó al cajón de los posibles, a la espera del momento oportuno. ¿Y cuándo llega el momento oportuno? No lo sé, yo confundo esas cosas, me parecen más fiables las corazonadas que las sesudas y ponderadas reflexiones a la hora de determinar cuándo es la ocasión perfecta para algo. Pero luego soy tan sesuda… Supongo que lo ideal es la correcta suma de ambas. O no. El caso es que, de vez en cuando, parece que es la propia vida la que se encarga de hablarte y responderte. Ya solo le faltan los brazos que te empujen… “estás ciega o qué!!!”

No hace mucho me acordé de él. ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Dónde estará? ¿Cómo estará? Ojalá lejos de su infierno. Ojalá feliz. Ojalá limpio. Ojalá acompañado… ojalá tantas cosas…

Yo sé muy poco de sus sufrimientos… Conocí a Álvaro hace mucho tiempo en la parroquia del barrio, en San Vicente. Venía de la cárcel y del infierno de la droga, con cicatrices visibles en la boca y en el cuerpo. Recuerdo su muleta y sus dientes. Pero sobre todo me acuerdo de sus ojos, del más azul de los azules. Y recuerdo el brillo que en ellos había, a pesar de los muchos y tan hondos pesares. Álvaro tenía, y tiene, los ojos que les son dados a las personas inteligentes y de gran corazón. Tan buen conversador, con tantas ganas de hablar y compartir. Era un gustazo sentarse a su lado. Pero se le cruzó la mala suerte. O lo inoportuno. O vete a saber qué fue.

Ahora me doy cuenta de que guardo más sentimientos que datos sobre él. Que sólo sé que vino de la cárcel y de la droga, que vivió en la calle, que sus padres un día se rindieron y dijeron basta, que una hermana luchó por él… y que le encantaba leer a los filósofos. “Yo soy un filósofo de la vida”, me dijo un día.

Y un sábado muy frío de enero de 2011, con alguno de los viejos sueños cumplidos y tantas, tantas cosas en el cajón de los posibles, me volví a cruzar con él y con sus ojos azules en un aparcamiento subterráneo de Alicante. Ya no había muleta. Llevaba un uniforme:

– ¡¡¡¡¡¡Álvaro!!!!!!Cuánto tiempo sin verte… ¡¡¡ Qué sorpresa tan grande!!! ¿Cómo estás?¿Te acuerdas de mí?

Y sonriendo me dices que espere, que un momento, que sí…

– Te conozco de Elche…

– Sí…

– De San Vicente…

– Sí…

– Periodista…

– ¡Sí!

Y nos damos un abrazo. Y me dices que no pudiste felicitar a Florencio por su cumpleaños que fue el otro día, sí, el día 10, pero que ya no tienes su número. Y te digo que no te preocupes, que me voy a Barcelona a vivir unos meses y que seguramente lo veré y que le daré recuerdos tuyos. Y me dices que sí, que sí, que se los dé. Que le diga que te he visto, que estás muy bien.

– Dile que llevo cuatro años trabajando. Que soy una buena persona.

Y te doy otro abrazo porque sé que es verdad, que lo eres. Y me voy feliz porque ya sé donde puedo encontrarte y porque tal vez, tal vez, he vuelto a llegar a ti porque tengo que contar tu historia. Tengo que contar que sí, que se puede. Y que eres feliz.

Phyllis Greene, sus 90 y su blog

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Phyllis Greene tiene 90 años, vive en un asilo de Ohio y, desde hace casi un año, es bloguera. Hoy he conocido su historia y su blog gracias a una entrevista de la BBC, podría decir, y seguramente no me equivocaría, que ha sido lo mejor del día.

La entrevista está editada con una sensibilidad exquisita y ella habla despacito, como si fuera consciente de lo que vale cada una de las palabras que dice cuando ya uno no sabe cuántas más le quedan por decir.

Leyendo por encima el blog te das cuenta de la asombrosa frescura de su mente. “No puedo escribir sencillamente porque mi caligrafía es horrible”, dice, pero “tengo este fantástico ordenador”, y como “lo que me sobra es tiempo, aquí me siento, y blogueo”. Lo cuenta con una naturalidad asombrosa mientras la vemos en su cama reclinable, con el Macbook sobre las piernas trasteando su página y contenta porque tiene “algunos seguidores”. No sabía el aluvión de visitas y comentarios que estaban por llegarle después de su aparición en el medio británico.

Escuchándola y mirando sus ojos azules e inteligentes, irremediablemente me acuerdo de mi abuela y del asilo donde pasó sus últimos años. “Si puedo pensar y puedo escribir, puedo llenar mucho tiempo”. Tiempo. En un asilo el tiempo tiene una dimensión distinta. Cuando todos los días empiezan y acaba de la misma manera, las mismas caras, las mismas sillas, los mismos menús… la espera del final se transforma en una especie de borrón en el que es difícil diferenciar qué pasó en marzo, o en verano, o la última Navidad. Todos los días iguales. La visita que no llega. El hijo que no llama… Me daba la sensación de que todo era tan impersonalizado que incluso la ropa con que las vestían no era de nadie y era de todas, como si formara parte de un fondo común y pasara de unas a otras en función de tamaños. Supongo que no todos los asilos serán así. El de las monjas que cuidaron a mi abuela me parecía descorazonador. Una mañana una se va al hospital y no vuelve. Pero siempre hay alguien esperando un espacio libre y la ausencia se llena con arrugas nuevas. Cuando mi abuela se fue a mi padre apenas le dieron una bolsa con su DNI y varios papeles. Ni siquiera una pequeña virgen que le regalamos mi hermana y yo un año y a la que le hablaba cada noche para pedirle que nos cuidara. Nada. Na da. Simplemente no está. Se acabó.

Por eso me parece tan admirable, tan enorme esta mujer que está registrando sus 90 y sus días iguales en un blog, esa cosa de jóvenes y nativos digitales. Y con ello le gana de alguna manera la batalla al tiempo, al anonimato pero sobre todo, al olvido. Y de paso, nos da una lección.

Phyllis dice que no le preocupa mucho lo que opinen los demás sobre lo que escribe, que sólo espera causar el impacto suficiente para que piensen en ella con cariño cuando se haya ido, y que cree que así será. Seguro. Y nos da un consejo: “cuando ocurren cosas maravillosas debemos pararnos y reconocerlas”.

Siempre he pensado que hay que darle palabras a los sitios que están llenos de silencio. Los asilos son uno de estos lugares. Cuando esas palabras vienen de las personas que guardan sus vidas allí solo puedes desear que cada vez sean más las Phyllis que nos cuenten lo que sienten. Internet solo tiene sentido como lugar de empoderamiento si se llena de voces que, por desgracia, y por ser la sociedad como es, y por ser los otros como somos, no siempre encuentran un espacio donde ser escuchadas.

insensata

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Pues sí, soy una insensata, ya me lo han dicho alguna vez, pero es que la vida perdería un pequeño toque de magia si no estamos dispuestos a mirar a los ojos de los desconocidos, sonreír mientras andamos y permanecer abiertos ante lo que pueda aportarnos cada encuentro, por pequeño que sea.

Tal vez forme parte de esa insensatez, o ingenuidad pueril, pensar que quien se acerca a mí sin conocerme no lo hace con malas intenciones. Igual, a un nivel energético voy por la calle diciendo sin palabras (también depende del día y del ánimo, eso es cierto) ‘ey, estoy aquí, me encantaría conocerte’…. y a veces… pasa. El cruce se transforma en encuentro.

He tenido encuentros absolutamente bellos, llenos de magia, como cuando después de haberme quedado completamente encandilada con un cuentacuentos que desprendía poesía por todas las partes de su cuerpo, me lo crucé al día siguiente caminando por la Glorieta y bastó una sonrisa para terminar tomando un café con una rosa encima de la mesa… y hablar de la belleza y de la vida…. es lindo encontrarse por casualidad con otros soñadores… incluso en una ciudad como la mía… también los hay.

Hoy he tenido otro encuentro, menos mágico, pero igualmente agradable. Un tal Nelson me para y me pregunta por una panadería, pero termina contándome que está preparando un espectáculo mitad danza, mitad teatro, mitad música, mitad poesía, un género que él ha llamado “pasongo” (o algo así) y que está buscando gente para participar, si yo bailaba, o actuaba, o hacía algo… ¿yo? poca cosa la verdad. hago yoga pero eso no sé si servirá de mucho ;D. Este Nelso es un cubano negro como el azabache, a simple vista, no parece un mal tipo, tal vez un poco solo, si ha llegado hace poco a la ciudad y trata de hacerse un hueco en ella. Como soy una insensata (con cabeza, que se puede ser insensata pero eso no es lo mismo que ser tonta) he acabado dándole mi teléfono y avisándole de que la piscina no tiene agua, así que mejor evite tirarse porque no es que se pueda ahogar, sino que va a morir en el acto instantáneamente. Le ha hecho gracia, así que él mismo ha reconocido que en ese caso mejor evitar toda esa retahíla del me gustas mucho, tienes novio, bla, bla, bla…

Intuyo que me llamará. No sé si llegaré a descubrir qué es eso del “pasongo”, pero tampoco me importa mucho. El encuentro le ha dado otro color a la mañana, a la suya y a la mía.

Como canta Drexler…. ‘y que sea lo que sea…..’

PD: las cosas pasan en la calle

gente del barrio

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Hay un hombre en mi barrio (y no me refiero al barrio donde vivo ahora, sino al que siento realmente mío, aquél donde nací, crecí, fui al cole, me enamoré por primera vez y hasta me rompí los dientes) bastante peculiar. Bueno, seguramente habrá más de uno y más de una que cumpla las características que hace de alguien un ser peculiar, pero en este caso me estoy refiriendo a uno en concreto, al que llamaremos -sorry- el Peluquín, pues así lo apodaron los niños, -mis chicos- con los que pasé muchas de las inolvidables tardes de mi infancia.

Esta tarde lo he vuelto a ver, saliendo de su casa, un edificio de los de antes, de esos de dos plantas con puerta de madera, una vivienda seguramente unifamiliar, grande, para vivir el solo, pues jamás se le ha conocido compañía. El señor es un lobo solitario, de afanes desconocidos y atuendo inmutable al paso del tiempo.

Hace perfectamente más de quince años desde que ellos (los chicos) jugaban a cabrearlo, llamándolo ¡pelucas!, delatando públicamente un detalle más que evidente: su tupida peluca castaña oscura a modo de casco. ¡Y sigue llevando la misma! Perfectamente peinada, con las mismas gafas de sol tipo pantalla, de un negro abismal (jamás recuerdo haberlo visto sin ellas) para cubrir sus ojos silenciosos, detrás de las cuales debe asombrarse de la velocidad a la que pasa el tiempo en el barrio, cómo crecemos y nos vamos los que un día fuimos pequeños, cómo vienen otras gentes de otros lugares de hablas extrañas… y cómo en su pequeño universo nada altera el verde de su gabardina. ¿Qué esconderá detrás de ella?

¿Acaso habrá hecho un pacto con el diablo? Dicen que uno apenas percibe el envejecimiento de las personas con las que comparte vida y ensueños. ¿Y el de sus vecinos? Desde luego, parece que más de una década se olvidó de pasar por su casa. Tal vez en su televisión por las tardes siguen poniendo Barrio Sésamo, no existan canales como Telecinco y ni mucho menos esas modernuras de La Sexta, por no hablar de realidades virtuales o del mundo 2.0.

Laca Nelly, gel Nelia… y un joven Jesús Hermida analizando las noticias por las mañanas… sin Grandes Hermanos, ni realities, los viernes verá el Un, Dos, Tres, y tal vez sueñe con ganar algún apartamento en Torrevieja…

¿Y si pudiéramos parar el tiempo de vez en cuando?