Archivo de la categoría: Desvaríos

Drácula

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Helado de agua sabor cola y fresa: agua, 
azúcar, jarabe de glucosa de maíz, zumo de
fresa a base de concentrado (1,25%), 
estabilizadores (goma guar, goma garrofín), 
colorantes (ácido cítrico, ácido fosfórico), 
aromas. Helado de vainilla: leche desnatada 
en polvo rehidratada, azúcar, grasa vegetal 
(coco y palma), jarabe de glucosa de maíz, 
lactosuero en polvo, proteínas lácteas, 
emulgente (mono- y diglicéridos de ácidos 
grasos), estabilizadores (goma guar, goma 
garrofín, carragenanos), aromas, colorante 
(mezcla de carotenos). Puede contener trazas 
de huevo, cacahuetes y otros frutos secos.

(todo  eso acaba de pasar a formar parte de mi organismo hace un momento. por suerte, no había trazas de nada. mundo químico.)

Cejas

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Yo confieso, no ante Dios todopoderoso, sino ante este universo desconocido que no sé hacia dónde lleva mis palabras, si acaso éstas se mueven hacia alguna parte, que de pequeña fui cejijunta o uniceja, como se prefiera, que lo mismo es. Y ése fue uno de mis mayores complejos. Más que ser pequeñita. Más que el pelo crespo e indefinido. Las cejas. Esa línea velluda que protegía mis ojos. Recuerdo una vez, siendo ya casi preadolescente, que en Carnaval decidí disfrazarme de mujer de las cavernas. Craso error. La caracterización intensificó ese rasgo mío y convirtió mi rostro en el de una cavernícola realmente fea, o al menos, así lo recuerdo, que la memoria siempre magnifica las cosas. Seguramente no fue para tanto, pero ahí estaban, mis cejas siendo más ‘ceja’ que nunca, qué horror… pero mi madre le pagaba a la chica que nos pintaba la cara en los carnavales y yo ya estaba (des)arreglada así que a ver quién tenía el valor de quejarse tras mirarse al espejo y ver la obra culminada. Yo no, que nunca he tenido valor para esas cosas (confieso también que no sé autorreivindicarme, ni cuando me cortan el pelo y no me gusta, ni cuando me ponen el tinte -de esto no hablaré ahora- y me dejan canas visibles, ni cuando me han hecho el recogido más hortera y choni de la historia horas antes de una boda, a mí no me sale decirle a alguien que no me gusta el resultado de su trabajo en mí… así me va…).

En fin, que detesté mi ‘ceja’ siempre y en todo momento, y desarrollé un agudo sentido de la observación de las cejas ajenas. Había algunas tan bonitas…

Recuerdo también el día en que, ¡ya por fin!, mi madre consideró que era lo suficientemente mayor como para ir a “hacerme las cejas” y la maravilla que la misma mujer que me había convertido años atrás en una troglodita espantosa hizo conmigo. Fue como una secreta reconciliación no pactada. ¿Esa era yo? Si parecía que tenía la cara más limpia… Absorta con mi nueva apariencia ignoraba en aquel momento la esclavitud que acababa de abrirse paso… y así seguimos… unos cuantos años después… (esa leyenda de que hay que tener cuidado al depilárselas porque hay pelos que no vuelven a salir es completamente falsa, doy fe).

Pues bien, cuando descubrí a Frida Kahlo por primera vez, un encuentro que habría de enamorarme de la mexicana por siempre jamás, el corazón me dio un vuelco. Una mujer tan inmensa como ella lució con orgullo, convirtiéndolas en parte de su magnetismo particular, esas cejas juntas y pobladas. En todas las fotos, en todos los cuadros, las pintó, las ensalzó, las convirtió en parte de su arte, de su magia.

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El año pasado estuve en México D. F., en Coyoacán, en la puerta de su Casa Azul que, aquel día, estaba cerrada

Que lo que a priori no esté así establecido pueda llegar a ser algo bello es algo que aprendí de ella. La belleza de lo imperfecto. De lo diferente.

La admiro desde que la conozco y la he tratado de incorporar a mi vida. En octubre volveré a ir a verla a Viena. Siete años después, tengo algunas canas más, más heridas y cicatrices, más ausencias… pero con ella siempre aprendes a exorcizar los dolores y pintar de colores la vida, por muy jodida que ésta se ponga. Ya hacía tiempo que venía necesitando una terapia de las tuyas.

Pero me sigo depilando las cejas, Frida. Espero que allá donde estés me lo perdones.

Eso sí, voy aprendiendo a volar…

Zapatos rojos

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Algún día tocaré el piano. Dormiré del tirón y me levantaré temprano para ver amanecer entre palmeras. Me tomaré el desayuno despacio, muy despacio, y luego me sentaré delante del folio en blanco como si fuera un viejo amigo con el que me alegra reencontrarme. Ese día haré fotos y ya no tendré que pensar mucho en el diafragma y la velocidad. Tendré una familia de gatos. Para dejar de pensar me bastará con cerrar los ojos. Respiraré hondo y le enviaré mis penas a las nubes para que las conviertan en gotas de agua que hagan crecer las flores. Dejaré de usar el paraguas y le diré a las personas a las que quiero lo importantes que son para mí. A partir de ese día sólo llevaré zapatos rojos. Y caminaré, caminaré, caminaré…

instantes

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Un descanso en el mismo lugar que fue el primero. El que me acogió en el retorno y el que me despide, o en el que me despido, en la partida… temporal…

Barcelona. Una mujer envuelta en harapos, descalza, con los pies temblorosos y la mano tendida en una esquina de la Catedral mientras por su lado pasan sin verla hombres con corbata y señoras de tacón; ojos rasgados tras el objetivo de cámaras de último modelo; ojos rasgados que miran al cielo; jóvenes que arrastan maletas; hombres de chaqueta y oreja pegada al auricular del móvil…

Barcelona. Otra mujer se atusa el pelo detrás del mostrador de una tienda de ésas que siempre estuvieron ahí, de las que bien podrían llevar años sin que nadie traspase su puerta. Sólo esa mujer, ya madura, que parece haberse olvidado incluso del paso de los años cansada de contar los mismos soles cada mañana.

Barcelona. Y esa mujer que no está en Barcelona, está en todas partes y en ninguna, en un lugar perdido que sólo ella conoce. Pelo encanecido, espalda encorvada. Arrastra el carro de la compra, con paso lento y pesado, comentando sus dolores a las amigas ausentes que acompañan su soledad, visibles únicamente en su mundo inaccesible. Tiene que darse prisa. Parece que pronto va a llover.

Barcelona. Y yo. Que regreso una y otra vez a los mismos lugares. A mi mesa. La mesa de siempre en este lugar adoptivo autodesignado por mí. Barcelona. La ciudad de los misterios y las alegrías. La ciudad de los encuentros. Una joven soñadora que a veces se extraña de sus manos. Que sigue buscando no sabe muy bien qué… tal vez se busque a ella… Y que se encuentra sin saberlo. En los lugares de siempre. Y el lápiz, que se desliza rápida y ajenamente sobre el papel, en un acto que la reconcilia con ella misma. Que la devuelve a lo que es. Aunque no sepa todavía qué. Pero a lo que es.

Y el tren, que espera.

nadis, ida, pingala, sushumma y el chakra que me parió

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Esta mañana, aparcando por un rato el artículo que tengo que terminar de escribir, me he regalado cuatro horas de yoga, bien regaladas porque he pagado 25 euros por ellas (lo mismo que, según he sabido más tarde y si mi fuente era fiable, cuesta la barra libre de El Granero). Bueno, pues yo las he invertido en una sesión intensiva (de ésas que tanta ilusión tenía por hacer) sobre los chakras y el yoga. Así, de paso, olisqueaba un poco las formas y el fondo del lugar, que hacía tiempo, también, que ya me picaba la curiosidad…. ¿cómo de séctareo o so-esotérica podía ser la cosa?

Pues bien, la verdad es que a nivel teórico no he aprendido nada que no hubiera leído ya (y es normal, pues obsesiva como soy ya tengo suficientes libros al respecto), aunque nunca viene mal que alguien te recuerde lo esencial del asunto. Que si el cuerpo físico y el cuerpo energético, los dos nadis, ida, el izquierdo, y pingala, el derecho, que suben desde la base del cuerpo hasta el sexto chakra cruzándose a lo largo de la columna, sushumma, en el cuerpo astral, donde están los chakras, atravesando las fosas nasales (nos han hablado de una interesante relación entre los hemisferios del cerebro y el grado de actividad de uno u otro nadi), etc, etc, etc.

He escuchado cosas que me ha puesto los pelos como escarpia (¡pero qué hago yo aquí!), que si el día que te levantas con el pingala a tope tienes muchas ganas de hacer cosas, y que si eres mujer dices pues venga!, hoy voy a ponerme a limpiar (!¿¿¡?¡) lo acepto desde el amor porque es una mujer ya de la edad de mi madre la que lo dice y básicamente se lo dice a mujeres de la edad de mi madre cuya vida ha sido fundamentalmente esa, la familia, el marido, la casa y poco más (y nada menos)… pero así, amiguitas, no me lleváis al huerto!

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Obsessions

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Oh dios mío… no consigo terminar este trabajo… nuevo bloqueo… neverending story… Y para colmo acabo de leer que los escritores, para escribir bien, tienen que tener su propia musa de la felicidad (mujer-pareja-ajjjj), y que uno sólo puede crear textos con calidad cuando está 100% bien, y todo es vomitivamente color de rosa…¡menuda sandez! Los grandes de verdad escriben con las entrañas, no con un pito contento (con perdón). Viva Camus, viva Capote… ¿cuántos de los genios de la literatura -de la pintura… de las artes en general- han sido espíritus atormentados? Entrañas. Entrañas.En fin… esto es solo un desahogo. Vuelvo a mi tajo interminable. ¿Algún atajo?