Ruanda

Estándar

Dentro de un mes y medio voy a viajar a este país. Lo que siento por dentro es tan inmenso que ninguna unión de palabras sería capaz de expresarlo con la mínima lealtad exigible. Todavía no he llegado pero ya hay una parte de mí que se acerca a Ruanda, y me atraviesa. Me rebasa al tiempo que me asusta. Pero quiero estar allí, quiero respirar su aire, mirar a los ojos de su gente, sentirlos, reír, tal vez llorar… Y llenarme de la fuerza con la que, estoy segura, debe de brotar allí la vida después de un pasado reciente tan lleno de odio, de muerte y de fantasmas.

Ya tengo parte del alma en Ruanda y quiero que una de sus miles de historias sea parte también de este almario. La cuenta la costamarfileña Véronique Tadjo, en un pequeño libro escrito después de un viaje a este pequeñito rincón del África negra, “La sombra de Imana”. Leedla despacio, sentid.

Karl

Karl estaba en el extranjero, de viaje por su país de origen, en el momento de los acontecimientos. Cuando se enteró por la radio de que el avión presidencial había sido derribado y el jefe de Estado había muerto, se precipitó hacia el teléfono y habló durante mucho rato con Annonciata. Sí, había disturbios en la ciudad, le había dicho ella, pero por el momento el sector estaba tranquilo. Los niños estaban muy bien. Sin embargo, los establecimientos escolares habían cerrado.

Karl les había aconsejado que tuvieran mucho cuidado y evitaran salir. Pero cuando en los días que siguieron se dio cuenta del alcance del peligro, ya era demasiado tarde. Las líneas telefónicas estaban cortadas. El tráfico aéreo con Ruanda se había interrumpido. Karl se encontraba entonces totalmente separado de su familia. Aquello no tenía sentido. ¿Cómo hacer que salieran lo más deprisa posible del país por un medio u otro? Ante la imposibilidad de entrar en la embajada de Ruanda, había telefoneado al Ministerio de Asuntos Exteriores para saber si sus servicios tenían noticias recientes de la situación en Ruanda. Nadie le había respondido de forma coherente. Reinaba la confusión. Un director de gabinete le repitió, nervioso, que, sobre el terreno, se había organizado la evacuación de los supervivientes de su país. ¿De qué nacionalidad era su compañera? ¿Ruandesa? Imposible. ¿Y los niños? Quizá; vería lo que podía hacer. Su familia debía contactar con la Cruz Roja urgentemente.

En ese momento, Karl veía imágenes difusas por la televisión: cadáveres por todas partes, a lo largo de las carreteras, los caminos, las calles. Filas de desplazados huían, con su escaso equipaje sobre la cabeza. Los niños lloraban, las ancianas caminaban con el miedo en los ojos. Pensaba que de un momento a otro reconocería a sus hijos, a su madre, entre la multitud anónima de refugiados o entre los cuerpos inertes, tirados aquí y allá.

Y sin embargo, antes de su partida, se había instalado una atmósfera de tensión en Kigali. El tono se endurecía. La radio emitía eslóganes de odio. Todo el mundo temía que algo malo se estuviera preparando, que se produjeran nuevas oleadas de persecuciones de tutsis como había ocurrido en el pasado. Pero no un genocidio. Nadie había imaginado algo así.

¿Cómo habían podido estar tan ciegos?

Ruanda, allí era donde había decidido reconstruir su vida. Allí era donde vivían sus amigos. Ahora se daba cuenta de que tendría que haberse casado con Annonciata en lugar de esperar para legalizar su unión. Pero en su época pensó que ya habría tiempo para eso. Hoy se lo reprochaba. Aquello podía haberle garantizado la evacuación. Aquello podría haberla salvado. Perdía años de esperanza en aquel apocalipsis. La vida no le regalaba nada.

Lo que más le tortura hoy es haberse dejado convencer de que no debía reunirse con Annonciata y los niños. Sus propios padres le habían dicho: “No serviría para nada ir allí. ¿Qué podrías hacer en ese caos? Te matarían antes de que pudieras encontrarlos. Quédate aquí hasta que la situación se restablezca. ¡Les serás más útil vivo que muerto!”. Sin embargo, él sabía que su padre y su madre nunca habían comprendido su apego por aquel pequeño país perdido en el mapa del mundo. No habían acogido favorablemente su unión con Annonciata.

Karl se decía que cuando regresara no encontraría nada de su vida pasada, que tendría que empezar de cero. Vivía como un zombi enjaulado en su ciudad natal. No tenía adónde ir. No sabía qué hacer para atenuar su pena y calmar su angustia. Nada conseguía liberarlo de su aplastante sensación de culpabilidad por no haber sido capaz de proteger a su familia, por haberlos abandonado a su suerte, en cierta manera, en el momento en que más le necesitaban. Los había dejado solos ante los mayores peligros, ante el sufrimiento.

Por fin, en julio se enteró por la Cruz Roja de que habían encontrado a su familia en un campo de refugiados. En cuanto se restableció la línea aérea, partió hacia Kigali.

El reencuentro fue el acontecimiento más intenso de su vida.

Su familia estaba sana y salva. No importaba nada más. El alivio que experimentó fue embriagador porque marcaba el final de su agonía.

El país estaba en ruinas, el horror todavía se palpaba. Un olor a podredumbre flotaba en Kigali. Llegó en plena campaña de limpieza de la ciudad y contempló, petrificado, cómo los soldados del ejército victorioso disparaban sobre los perros vagabundos, esos animales rabiosos que se habían atiborrado de despojos abandonados. Durante los cien días de orgía de sangre, de gritos y de furor -cuerpos reventados y olores de carne quemada-, los perros se habían alimentado de los cuerpos de sus amos.

El país ya no era el mismo. Nada era como antes.

Pero poder estar con sus hijos entre los brazos era recuperar la esperanza y la fuerza para volver a empezar.

La vida cotidiana volvió. Tuvieron que aprender a vivir juntos de nuevo. Sin embargo, con el tiempo Karl se dio cuenta de que había perdido a su compañera, a la madre de sus hijos. Annonciata, la mujer que había conocido y amado. La que lo había seducido con su energía y su alegría no era más que una sombra de sí misma.

Al volver a casa, ella se había puesto enferma, nadie sabía exactamente de qué. Se encerró en sí misma, no hablaba, no se interesaba por nada, perdió por completo el apetito. Se pasaba el día en la cama y, por la noche, se quedaba con los ojos muy abiertos, sin moverse.

Karl intentó hablarle, hacerla salir de su aislamiento, pero no lo consiguió. Cuando se acercaba a ella, sentía que se ponía rígida e intentaba huir de cualquier contacto. No podía acariciarla, ni siquiera simplemente besarla o abrazarla. Se había retirado del mundo.

Pensó que todavía necesitaba tiempo para recuperarse de todo lo que había vivido. Por lo tanto, concentró sus esfuerzos en los niños, que, de todas formas, no querían alejarse de él.

Desesperado, Karl llevó a su mujer a un médico que le habían recomendado. Pruebas, análisis de sangre, radiografías. Espera.

Annonciata tenía el sida.

Una tarde que él estaba en la cabecera de la cama, ella reunió sus últimas fuerzas y le confesó su sufrimiento. Unos milicianos la habían violado varias veces en el borde de la carretera. Había negociado la vida de sus hijos. Durante varias noches, los hombres que vigilaban la barrera se habían aprovechado de ella.

Hoy, Karl no consigue borrar el pasado de su memoria, superar el duelo que dura y se prolonga desde hace varios años. Quiere castigarse, imponerse una ley que le condene a sufrir todavía durante más tiempo.

Un día quizá sus hijos terminarán por liberarlo de su desgracia. Con su inmenso deseo de vivir, de continuar la lucha diaria, romperán poco a poco las cadenas de su duelo infinito.

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