El hombre que fue a la ópera en zapatillas

2009 Noviembre 4
by Maribel Hernández

No sé su nombre, de dónde es, si alguna vez ha tenido familia, a qué ha dedicado su vida… de hecho sé bastante poco, por no decir nada, del hombre que el sábado pasado fue a la Ópera de Viena en zapatillas de andar por casa. Pero me dio una enorme lección de dignidad.

Andaba de visita exprés en Viena, un fin de semana en casa del primo gracias, todo hay que decirlo, a las ofertas -con trampa- de Ryanair. Decidimos ir a la ópera, eso sí, por la puerta de atrás, la de la plebe. Unas entradas de tres euros te dan acceso sin asiento a uno de los edificios más históricos de la capital austríaca (cuentan que fue muy criticado cuando se inauguró pues su altura no superaba a la Ópera Garnier de París, y ¡cómo iba a tener Viena, cuna de la música clásica, una ópera más pequeña! tanto es así que, según mi guía turístico particular, con quien comparto sangre y de quien me fío, uno de sus arquitectos se suicidó).

Pues allí estábamos haciendo cola cuando delante de mí pasa un hombre de aspecto descuidado, barba blanca, abrigo centenario y piel rasgada, por el frío o por la vida, quién sabe, o tal vez por ambos… empujaba una maleta, y sobre ella llevaba una bolsa con ropa o mantas… con una temperatura exterior de dos grados centígrados, caminaba sobre unas zapatillas de andar por casa. En la Ópera. Deduje, enamorada yo del romanticismo y de la magia, que era una persona con pocos techos propios para pasar las noches.

A partir de ahí infinidad de historias posibles detrás de ese hombre mayor, casi anciano, que iba a la ópera un domingo por la tarde, a ver Fidelio, de Beethoven, precisamente la obra con la que se reabrió el recinto un 5 de noviembre de 1955, después de las bombas y el incendio de la Segunda Guerra Mundial.

Ávido de música y de cultura, una mano extendida en la calle que no pide ayuda para comer, sino para alimentar el alma. Algún antiguo gran músico o cantante venido a menos, tan a menos y tan abajo que su último consuelo se limita a eso, a la posibilidad de volver al teatro por tres euros y en zapatillas…

Sentí tanta curiosidad, ternura y admiración… Y al mismo tiempo, una cierta amargura, convencida de que este señor de pasado imaginario sería sin duda un ocupante de alguna de las butacas privilegiadas mucho más digno que cualquier otro u otra de los que lucían pajarita o vestidos con brillos y pagaban por una botella de agua esos mismos tres euros que nuestro amigo seguramente había conseguido céntimo a céntimo para poder trasladarse durante un par de horas a otros mundos al compás de los violines de Beethoven.

(Salí por la puerta principal, él, estoy segura, también)

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