… de vez en cuando siento una extraña nostalgia en las entrañas, de lo que fue, de lo que no es, de lo que pudo haber sido, de las huellas, incluso del dolor…
… hay un algo ahí, tal vez por el ombligo, desde donde irradia a todo el cuerpo, y lo llena de una melancolía silenciosa…
… tal vez sea saturno, que me descompone el orden planetario…
… tal vez sea una ceguera momentánea y sin sentido
… o tal vez, simplemente tenga que aceptarlo, soy nostálgica y ya está, no hay más
… o será que he ido teniendo una vida de colores, tanto en personas como en momentos, y de tanto en tanto, vienen a visitarme en forma de sueños y recuerdos que se instalan en esa zona del ombligo…
… en fin, será que soy nostálgica
La semana pasada estuve en Rotterdam, de miércoles a sábado, en un pequeño congreso organizado por ECREA (European Communication Research and Education Association) en la Erasmus University (nombre que hace honor al humanista y no a la beca gracias a la cual los universitarios pasan unos meses en otros países haciendo casi de todo menos estudiar
, bajo el título “Media, Communication and the Spectacle”.
En esto de los congresos siempre hay un poco de tiempo (en ocasiones robado al programa, para qué nos vamos a engañar) para hacer algo de turismo. Y si además, una va a acompañada de una amiga y compañera extraordinaria y también inquieta, pues mejor que mejor, porque se aprovechan más las horas y se disfruta mucho más del viaje. Así que, con el trabajo hecho (y constatada la necesidad de mejorar el inglés oral), decidimos hacer una pequeña excursión a Ámsterdam, ciudad de la que no guardaba un grato recuerdo, no por ella en sí, sino porque el tiempo no acompañó cuando la visité por primera vez y la memoria ha registrado mayormente una lluvia casi torrencial y mis pies y calcetines absolutamente calados, a pesar del paraguas, a pesar de las carreras, a pesar de todo.
… y no para casarse. Un vídeo del Art Center College of Design de Pasadena, para la semana en la que se cumplirán los primeros veinte años de la Declaración de Derechos del Niño (y de la niña)
Recomiendo “muy mucho” este texto que hoy publica Corresponsal de Paz (vía Sodepaz) sobre la otra cara de Somalia y los “piratas”, elaborado con información de Al Jazzera, Huffington Post y WardherrNews… muy ilustrativo y bien documentado para los que quieran saber algo más sobre un conflicto complejo del que se está ofreciendo una información muy parcial. No olvido la angustia de las familias, y deseo que para la tripulación del Alakrana la pesadilla que están viviendo acabe pronto, pero si queremos una información responsable tenemos el deber de conocer “la otra historia”.
No sé su nombre, de dónde es, si alguna vez ha tenido familia, a qué ha dedicado su vida… de hecho sé bastante poco, por no decir nada, del hombre que el sábado pasado fue a la Ópera de Viena en zapatillas de andar por casa. Pero me dio una enorme lección de dignidad.
Andaba de visita exprés en Viena, un fin de semana en casa del primo gracias, todo hay que decirlo, a las ofertas -con trampa- de Ryanair. Decidimos ir a la ópera, eso sí, por la puerta de atrás, la de la plebe. Unas entradas de tres euros te dan acceso sin asiento a uno de los edificios más históricos de la capital austríaca (cuentan que fue muy criticado cuando se inauguró pues su altura no superaba a la Ópera Garnier de París, y ¡cómo iba a tener Viena, cuna de la música clásica, una ópera más pequeña! tanto es así que, según mi guía turístico particular, con quien comparto sangre y de quien me fío, uno de sus arquitectos se suicidó).
Pues allí estábamos haciendo cola cuando delante de mí pasa un hombre de aspecto descuidado, barba blanca, abrigo centenario y piel rasgada, por el frío o por la vida, quién sabe, o tal vez por ambos… empujaba una maleta, y sobre ella llevaba una bolsa con ropa o mantas… con una temperatura exterior de dos grados centígrados, caminaba sobre unas zapatillas de andar por casa. En la Ópera. Deduje, enamorada yo del romanticismo y de la magia, que era una persona con pocos techos propios para pasar las noches.
A partir de ahí infinidad de historias posibles detrás de ese hombre mayor, casi anciano, que iba a la ópera un domingo por la tarde, a ver Fidelio, de Beethoven, precisamente la obra con la que se reabrió el recinto un 5 de noviembre de 1955, después de las bombas y el incendio de la Segunda Guerra Mundial.
Ávido de música y de cultura, una mano extendida en la calle que no pide ayuda para comer, sino para alimentar el alma. Algún antiguo gran músico o cantante venido a menos, tan a menos y tan abajo que su último consuelo se limita a eso, a la posibilidad de volver al teatro por tres euros y en zapatillas…
Sentí tanta curiosidad, ternura y admiración… Y al mismo tiempo, una cierta amargura, convencida de que este señor de pasado imaginario sería sin duda un ocupante de alguna de las butacas privilegiadas mucho más digno que cualquier otro u otra de los que lucían pajarita o vestidos con brillos y pagaban por una botella de agua esos mismos tres euros que nuestro amigo seguramente había conseguido céntimo a céntimo para poder trasladarse durante un par de horas a otros mundos al compás de los violines de Beethoven.
(Salí por la puerta principal, él, estoy segura, también)
Esta mañana regresaba a mi cueva, también llamada ‘habitacina’ por la escasa distancia que separa la cama de la nevera y los fuegos, cuando me he encontrado una brújula en el suelo.
Había llovido y el viento soplaba con fuerza. Yo iba fijándome donde ponía los pies porque no quería aplastar alguno de los caracoles que no sé muy bien de dónde venían, pero parecían haberse puesto todos de acuerdo para pasear por las calles de la UJI (más tarde los que se pasearían por el suelo serían unos gusanos gordos y horripilantes, como los que hay en las botellas de mezcal, con infinidad de patas capaces de moverse rápidamente, vamos, que los gusanos corrían, pero eso es otra historia).
El caso es que cuando estaba a punto de llegar a mi solitario destino me he topado con una pequeña brújula, de esas que van incrustadas en algún otro sitio, tipo mochila o llavero. Al principio he pasado de largo, pero después de cruzar la calle, no sé muy bien por qué, he tenido el impulso de regresar y recogerla. Me ha podido el simbolismo.
Son las ocho menos cuarto de la mañana cuando empiezo a escribir este post. Lo hago desde el asiento 12C, del coche 6, Euromed que va hasta Barcelona (siempre Barcelona), aunque esta vez yo bajaré en Castellón, donde “vivo”, donde me busco, hasta finales de noviembre.
A esta hora el día y la noche comienzan a confundirse (yo pensaba que amanecía más temprano!! a la vista está lo madrugadora que soy), el cielo se está tiñendo de una luz blanca, limpia, que dibuja sutilmente la silueta de las montañas, diluyéndose en un tono rosado que se va haciendo cada vez más visible.
Es un espectáculo maravilloso… y es así día tras día… parece mentira que dos veces cada veinticuatro horas la vida nos regale estos momentos de extraordinaria belleza. Recuerdo que una vez leí una entrevista a Gabilondo, en aquellos tiempos en los que daba los buenos días desde la Ser, en la que el entonces admirado mío decía que todas las mañanas subía a la terraza del edificio donde está el estudio de radio (en la Gran Vía de Madrid, creo) para poder contemplar este regalo. Y supongo, que para agradecer el milagro de la vida, y recordar lo pequeños e insignificantes que somos, aunque tantas veces nos sintamos tan importantes.
Sí. El amanecer es una cura para el ego.
(lástima no llevar encima una cámara de fotos para poder compartirlo)
PD: pronto llegaremos a Valencia. En mi vagón la mayoría duerme, algunos con los auriculares puestos, otros con la cabeza hacia abajo, otras acurrucadas sobre sus asientos, una mujer y su hijo lo hacen convertidos en uno. Sólo dos personas se han dado cuenta del espectáculo tras el cristal: una chica joven y una señora mayor. La más joven lo observa con la boca entreabierta… tal vez tampoco sea una gran madrugadora… me pregunto qué pensará… La señora lo mira con la cabeza apoyada sobre su mano, serenamente… se pone las gafas y disfruta… Me gusta pensar en estos regalos gratuitos, que tienen lugar para todos y para todas, en cualquier rincón… solo hay que abrir los ojos y dejar que nos envuelva…
… tarde o temprano seré tuya… mío tu seraaaaaaaaaaaássss!!!!



